Yanna Guillín: correr sin dejar tus raíces atrás

Tiempo de lectura : 5 min (inspirarse es gratis)

AutorTimothy Kalton

 

La corredora ecuatoriana ganó una exigente prueba en Bolivia a más de 5.000 metros. Pero su historia va mucho más allá de una meta. Habla de comunidad, esfuerzo y de no renunciar a lo que eres para seguir avanzando.

 

Hay victorias que no caben en un podio

Yanna Guillín terminó una de esas carreras que dejan huella. Frío, niebla, lluvia, nieve y una subida hasta los 5.030 metros del Tunari, en Bolivia. Fue la única mujer en completar el recorrido.

Pero si nos quedamos solo con ese titular, nos perdemos lo importante.

Porque la historia de Yanna no empieza en una línea de salida, sino mucho antes: en una comunidad de Ecuador, entre montañas, volcanes, agricultura, música y raíces que siguen vivas.

 

 

Una chica puruhá de Chimborazo

Cuando le preguntamos quién es, duda unos segundos. Dice que es difícil definirse a una misma.

Luego empieza a hablar y se entiende todo.

Yanna es una mujer indígena puruhá de la provincia de Chimborazo, en Ecuador. Vive en una comunidad donde muchas personas han emigrado buscando oportunidades. Su familia está ligada al arte y la música, y ella también hace música. Además, trabaja como guía de media montaña.

Creció en el campo, rodeada de montaña. Y eso, sin hacer mucho ruido, le fue marcando el camino.

 

No quería correr

Lo curioso es que Yanna no soñaba con competir. Ni siquiera pensaba que correr fuese lo suyo.

Veía a amigos compartir entrenamientos de trail running. Le insistían para que probara. Ella siempre respondía lo mismo: correr no me gusta. Si vamos de trekking, sí.

Hasta que un día fue a entrenar con un club local. Solo una sesión bastó.

“Quedé enamorada del trail”, cuenta entre risas.

A los quince días ya estaba apuntada a su primera carrera. Quedó cuarta en su categoría. Y pensó algo que muchos hemos pensado alguna vez cuando descubrimos algo nuevo: quizá esto sí es para mí.

 

El anaco como raíz, no como límite

Una de las imágenes más potentes de Yanna corriendo es verla hacerlo con anaco, la vestimenta tradicional que usan muchas mujeres indígenas de su zona.

Pero para ella no hay nada extraño ahí.

Creció viendo a madres y abuelas subir montañas, sembrar, cosechar y cargar peso con esa misma ropa. Nunca fue un impedimento para trabajar, vivir o avanzar.

Entonces se hizo una pregunta sencilla y poderosa: si para ellas no fue un límite, ¿por qué iba a serlo para mí?

Decidió correr con anaco como símbolo de una identidad.

Junto a su hermana y una tía que confecciona ropa tradicional, diseñaron una versión adaptada para correr: ligera, cómoda, de secado rápido y hecha a medida tras varias pruebas.

 

Una carrera que no estaba en el plan

La victoria en Bolivia tampoco formaba parte de una gran estrategia deportiva.

Yanna viajó a visitar a su hermana, sin más intención que esa. Una semana después apareció la sorpresa:

“Te he inscrito en una competencia”.

Ella no lo tenía preparado. No había viajado para eso y ni siquiera sabía bien qué se iba a encontrar. Eligió la distancia con menos desnivel sobre el papel.

Y sobre el papel parecía asumible.

Porque la prueba acabó rondando los 35 kilómetros y 2.000 metros positivos, con llegada en altura extrema.

 

 

El verdadero objetivo: terminar

Yanna no fue con mentalidad de ganar. Fue con una idea mucho más realista: acabar.

Los primeros kilómetros fueron malos. Dolor de barriga, sensaciones raras, dudas. Llegó justa a un punto de corte, sin margen para entretenerse. Y decidió seguir.

Como tantas veces en la vida, no porque todo fuese bien, sino porque todavía podía dar un paso más.

En mitad del esfuerzo compartió tramo con un corredor boliviano. Cuando ella empezó a flojear, él le dijo una frase sencilla:

“Si tú puedes, yo también puedo”.

A veces eso basta para aguantar un poco más.

 

5.030 metros y una sorpresa

Arriba, en el Tunari, la organización esperaba a los corredores con la medalla finisher.

Seguía sin saber exactamente en qué posición iba. Le dijeron que segunda. Luego que primera. Luego que era la única mujer que seguía en carrera.

Todo ocurría en una espiral de emociones, cansancio, frío y sorpresa.

Hasta que abajo, ya en meta, lo entendió de verdad: había ganado. Y había sido la única mujer en terminar.

 

 

Lo más importante vino después

Lo más valioso de esta historia quizá no pasó en la montaña. Pasó cuando Yana nos cuenta que llevaba tiempo pensando en dejar el trail running. El dinero, el desgaste y la falta de tiempo generaban muchas dudas.

Porque entrenar cuesta, las competiciones, el material se convierten en un sacrificio. Había decidido correr pocas carreras más y ver como se sentía.

Es una conversación que muchísima gente conoce: la de preguntarte si merece la pena seguir con aquello que amas cuando no encaja en la agenda, en el bolsillo o en el cansancio acumulado.

Y esta es su historia. Habla de alguien normal, enfrentando dudas normales y haciendo cosas nada normales.

Llegar lejos sin dejar de ser quien eres

Dice que quiere inspirar a niños y niñas de su comunidad. No solo para que hagan deporte, también para que entiendan que se puede avanzar sin esconder lo que uno es.

Ese mensaje vale para una montaña en Bolivia, para un pueblo de Ecuador o para cualquiera que esté intentando construir algo desde sus propias raíces.

 

 

 

 

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