Momijigari, La búsqueda del otoño en Japón

Texto y fotografía: Roberto Iván Cano
Kyushu, Japón · diciembre 2025

A finales de noviembre, cuando en casi todo Japón el otoño ya se ha rendido al invierno, decidimos viajar al sur  Kyushu: la isla volcánica, la isla caliente, la isla que todavía guarda un poco de fuego en los árboles. Hicimos una ruta de dos semanas que no tenía un destino concreto más allá de una obsesión: encontrar los últimos rojos del otoño japonés, el momijigari, esa costumbre casi poética de salir a perseguir hojas como si fueran algo que se puede atrapar.

Y lo curioso es que, como suele pasar en los buenos viajes, lo que encontramos no fue exactamente lo que buscábamos.

La belleza cotidiana y la nobleza japonesa

Sí, hubo arces incendiados en las montañas, templos cubiertos de hojas como si alguien los hubiera pintado a mano, y senderos que crujían bajo los pies como papel viejo. Pero también hubo mucho más: la calma casi sobrenatural de los templos, la forma en la que Japón consigue que todo —desde una barandilla hasta una puerta corredera— tenga belleza. Y sobre todo, esa nobleza japonesa, que deja la sensación de seguridad absoluta. Puedes dejar una cámara en un banco, irte diez minutos y volver, y ahí sigue. Nadie la toca. Para un fotógrafo, eso es casi ciencia ficción.

Kyushu: volcanes, onsen y el Japón que no sale en las postales

Kyushu no es el Japón de las postales llenas de turistas. Aquí viajan sobre todo los propios japoneses, muchos buscando aguas termales, volcanes, naturaleza. Y volcanes hay de sobra. Sakurajima, por ejemplo, escupe humo casi a diario, recordándote que esta isla está viva, que late por debajo del asfalto. En algunas ciudades, del suelo salen columnas de vapor sulfuroso —los llamados “infiernos” (Onsen jigoku) que envuelven las calles en una niebla tibia, como si la tierra estuviera respirando.

 

Viajar ligero: caminar, observar y comer sin horarios

Entre caminatas, ferris, templos y carreteras secundarias, nos movíamos ligero. Comíamos donde podíamos, cuando podíamos. En algunos trekkings llevábamos comida liofilizada de Okre: agua caliente, un sobre, y listo. No era el centro del viaje, pero sí una pequeña libertad más: no depender de horarios ni de encontrar nada abierto en medio de un bosque japonés. Comer mirando un valle rojo no tiene precio.

 

Yakushima: el bosque primario donde el tiempo se detiene

Pero si hubo un lugar que me atravesó de verdad fue Yakushima. Una isla remota que parece fuera del tiempo. Montañas afiladas, casi dos mil metros cayendo directamente al mar, atrapando la humedad del Pacífico y creando unos bosques imposibles. Cedros milenarios, algunos con más de tres mil años, cubiertos de musgo. Monos que te observan en silencio. Ciervos diminutos cruzando los senderos.

 

Aquí nació el imaginario de La princesa Mononoke, y no es difícil entender por qué. Caminando por esos bosques primarios, uno siente que el lugar tiene algo de sagrado, como si el espíritu del bosque todavía estuviera ahí, mirándote desde detrás de cada tronco.

Una aventura que no se mide en kilómetros

Al final, no importó tanto si encontramos más o menos hojas rojas. El verdadero viaje fue otro: la paz, el respeto, la belleza escondida en lo cotidiano. Kyushu no se visita. Kyushu se camina despacio. Y cuando te vas, te das cuenta de que, sin saber muy bien cómo, te ha cambiado un poco por dentro.

 

0 comentarios

Dejar un comentario

Ten en cuenta que los comentarios deben aprobarse antes de que se publiquen.